Las aguas de reposo representan la tranquilidad de corazón. No se trata necesariamente de que las circunstancias sean apacibles, sino de tener paz y quietud en el corazón independientemente de lo que sucede a nuestro alrededor. ¿Recuerda aquel maravilloso pasaje de Isaías? “Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado” (Is 26:3). No dice: «Lo pondrás en un ambiente de paz». Significa que podemos estar en perfecta paz a pesar de que las circunstancias que nos rodean estén en nuestra contra.
El mejor ejemplo de ello lo encontramos en el mismo Señor Jesús. Recuerde aquel episodio en el Mar de Galilea, cuando se levantó una gran tempestad. El viento soplaba con fuerza, y las olas golpeaban con furia la pequeña barca que lo transportaba, amenazando con hundirla. Todos los que estaban a bordo –marineros experimentados– fueron presa del pánico. Todos, excepto el Señor: “Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre una almohadilla” (Mr. 4:38 NBLA).
¿Por qué los discípulos no se recostaron a su lado para compartir la paz que llenaba su bendito corazón? En lugar de eso, lo despertaron angustiados. Entonces, con una sola palabra, el Señor sometió la tormenta, como si un hombre llamara a su perro para que se sentara a sus pies. Sin embargo, la seguridad de los discípulos era la misma en medio de la tempestad que cuando el mar quedó completamente en calma. No había razón por la que no podían compartir Su paz.
El Señor puede dar esa misma paz a nuestros corazones. Pero necesitamos, como él, una almohada sobre la cual apoyar la cabeza, o no podremos disfrutarla. ¿Sobre qué almohada descansaba la cabeza del Señor Jesús? Sobre la almohada del amor inmutable de su Padre. Él sabía que su mano tenía el timón de la situación. Las olas embravecidas y los vientos enfurecidos estaban bajo su control. Esta certeza, junto con el conocimiento del amor inmutable de su Padre, le permitían descansar. Ese mismo amor nos es dado también a nosotros, para que podamos descansar en él.