Pablo acababa de instruir a Tito para que hablara “lo que está de acuerdo con la sana doctrina” (v. 1), dirigiéndose tanto a ancianos como a ancianas. Las ancianas, a su vez, debían enseñar a las mujeres jóvenes respecto a la voluntad de Dios para su vida cotidiana. Dios no asigna a los jóvenes creyentes –especialmente a los solteros, como parece haber sido el caso de Tito– la responsabilidad de instruir a las hermanas jóvenes. Esa tarea corresponde más apropiadamente a las hermanas mayores.
En cambio, Tito debía centrarse en enseñar a los jóvenes hermanos y a los siervos. Tener una mente sobria no significa carecer de sentido del humor. Sin embargo, un buen maestro no debe perder de vista que la vida es algo serio, pues solo hay dos destinos. Su conducta debe ser coherente con su enseñanza, porque, como dice el viejo refrán, «lo que eres habla tan alto que no puedo oír lo que dices».
“Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mt. 4:19), les dijo el Señor a aquellos pescadores a quienes llamó a su servicio. Durante los tres años siguientes, estarían con él día y noche, escuchando sus palabras, observando cada una de sus acciones, contemplando su vida de completa dependencia del Padre y aprendiendo de su ejemplo.
Tito trabajaría con hombres y mujeres de distintas edades, clases sociales y contextos difíciles. Por ello, nadie debía despreciarlo. Su vida ejemplar debía respaldar su enseñanza, dándole la autoridad necesaria para hablar, exhortar y –cuando fuera necesario– reprender con autoridad.