En el sur de los Estados Unidos, un misionero predicaba a un grupo de personas en el bosque. Habló de Jesús, el buen Pastor que vino al mundo a buscar y a salvar a los perdidos. También les contó cómo el Salvador había orado fervientemente en el huerto de Getsemaní antes de ser crucificado. Describió cómo había sido prendido por los hombres y tratado de una manera infame. Luego, mientras sufría y moría por nosotros, fue abandonado por Dios.
Entonces un nativo se acercó al misionero y, con lágrimas en los ojos, le preguntó:
–¿Jesús también murió por mí, siendo yo un pobre indio? No puedo darle a Jesús ninguna tierra, pero le daré mi perro y mi pistola.
El misionero le respondió amablemente que Jesús esperaba algo muy diferente de él.
–Bueno, le daré mi perro, mi pistola y mi manta de lana. No puedo darle nada más; doy a Jesús todo lo que tengo.
El predicador le repitió lo mismo. El pobre hombre agachó la cabeza con tristeza, pensativo. De repente, levantó la cabeza con más confianza y dijo:
–Aquí estoy yo. ¿Me querrá Jesús?
¿Ha tenido usted la maravillosa experiencia de entregarse por completo a Jesús? Entonces, como el apóstol Pablo, puede decir con sinceridad y gozo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo… lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20).
Daniel 1 – 2 Timoteo 3 – Salmo 77:1-9 – Proverbios 18:6-7