La Buena Semilla: Domingo 10 Febrero
Domingo
10
Febrero
Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.
Mateo 16:16
El Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Juan 1:14
La divinidad y la humanidad de Jesucristo (2)

En otra oportunidad, los discípulos atravesaban el lago durante la noche. Jesús se había quedado en tierra para orar. De repente vieron que alguien caminaba sobre el agua, cerca de la barca. Turbados, pensaron que era un fantasma. Entonces Jesús los tranquilizó diciendo: “¡Yo soy, no temáis!” (Marcos 6:50).

En el transcurso de su vida en la tierra, Jesús mantuvo veladas sus glorias divinas bajo la humilde apariencia de su humanidad. Sin embargo, en breves momentos dejaba brillar algunos de sus caracteres divinos. Sus discípulos fueron testigos de ello, algunas veces se maravillaron y otras se asustaron.

Él estuvo “en la condición de hombre” (Filipenses 2:8), pero el pecado no estaba en él y no podía tomar posesión de él. En Jesús no existía ningún rastro de egoísmo, de amor propio o de orgullo. Ninguna concupiscencia podía nacer en su alma santa. Ningún contacto ni situación podía hacerlo impuro.

Igualmente la muerte de Jesús lleva la marca de la unión más íntima de su humanidad y su divinidad. Aunque aparentemente murió como un hombre, “crucificado en debilidad” (2 Corintios 13:4), entró en la muerte como vencedor, y salió de ella “según el poder de una vida indestructible” (Hebreos 7:16). No murió agotado por los sufrimientos del suplicio, sino que entregó su vida, la cual nadie le podía quitar (Juan 10:18). Murió en la cruz dando ese gran clamor de victoria que convenció al centurión romano de su divinidad (Marcos 15:39).

2 Samuel 3:22-39 - Mateo 25:31-26:13 - Salmo 21:8-13 - Proverbios 8:22-27