La Buena Semilla: viernes 17 agosto
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agosto
Viendo Pilato que nada adelantaba, sino que se hacía más alboroto, tomó agua y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo (Jesús); allá vosotros.
Mateo 27:24
¡Me lavo las manos!

Esta expresión hace referencia a la crucifixión de Jesucristo. Acusado por sus compatriotas, Jesús compareció ante Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea. Pilato estaba convencido de la inocencia del acusado, pero debido a la presión del pueblo, que reclamaba a grandes gritos su muerte, entregó a Jesús al odio de sus acusadores. Luego se lavó las manos delante de todos, expresando de este modo que abandonaba toda responsabilidad en este asunto.

¿Le parece que la actitud del gobernador fue un poco ligera o más bien hábil? Sea como fuere, el papel que desempeñó en la muerte de Jesús no puede ser borrado mediante el gesto de lavarse las manos, y un día Pilato tendrá que rendir cuentas a Dios por haber enviado conscientemente un hombre justo al suplicio.

¡Pero cuidado! Todos podemos tener una actitud de ligereza si permanecemos indiferentes ante este hecho histórico. Hace casi dos mil años Jesucristo fue crucificado. Su vida perfecta y pura, su consagración ilimitada para revelar el amor de Dios y sus numerosos milagros habían probado que él era Hijo de Dios. Pero permitió que lo crucificasen porque quería reconciliarnos con el Dios Santo. Tomó como suyos los pecados de todos aquellos que se los confiesan y sufrió el juicio en nuestro lugar. Aceptó morir para darnos la vida eterna.

¿Quién se atrevería a decir que no es «su problema», que la muerte de Jesús le importa poco? ¡La crucifixión de Jesús nos concierne a todos! Aquel que se lava las manos debe saber que “la ira de Dios está sobre él” (Juan 3:36).

Jeremías 21 - Lucas 22:24-46 - Salmo 95:6-11 - Proverbios 21:19-20