La Buena Semilla: jueves 16 noviembre
jueves
16
noviembre
Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?
Juan 9:1-2
(El ciego curado exclamó:) Creo, Señor; y le adoró.
Juan 9.38
Creo, Señor; y le adoró
Lectura propuesta: Juan 9

El sufrimiento sigue siendo un enigma para muchos de nosotros y no deja de suscitar numerosas preguntas. ¿Cuál fue la respuesta de Jesús? Es preciso subrayar que los discípulos (y su pregunta revela una actitud comúnmente extendida) no preguntaron por qué el hombre era ciego, sino quién había pecado, como si la condición de ese hombre estuviese ligada al pecado de alguien. Luego Jesús devolvió la vista al ciego, y esto suscitó otras preguntas. Los vecinos se sorprendieron, los jefes religiosos no podían aceptar la idea de una intervención divina. Pero entre negarse a creer y la evidencia de la sanidad, la confusión se instaló y los hombres fueron incapaces de explicar aquel acontecimiento.

¡Qué contraste con la mirada que Jesús dirigió a ese hombre! Desde el principio de la escena, anunciando el milagro había dicho: “Para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:3), haciendo hincapié sobre los efectos o consecuencias que Dios quería producir. Si bien las causas eran difíciles de captar, si el origen de la ceguera no estaba al alcance de la inteligencia humana, cada persona, sin embargo, podía ser un testigo de la sanidad y de la intervención divina, de la gracia que operó por medio de Jesús.

Los ojos del ciego se abrieron ante esta dulce evidencia. El hombre Jesús, que apareció una segunda vez ante él, en su camino, fue saludado como el Señor. La luz que surgió del milagro reveló la verdadera identidad del Hijo de Dios.

Job 18-19 - Hebreos 7:18-28 - Salmo 125 - Proverbios 27:21-22